LA ALDEA MEDIEVAL DE NAVALQUEJIGO, BURBUJA INMOBILIARIA EN GESTACIÓN   Leave a comment

Según el concepto celta, el término nava significa llanura rodeada de algún cerro y quexigo equivale a roble o quejigo. Igual que La Fresneda o El Escorial, el topónimo Navalquexigo tiene su origen en la naturaleza.

          Sobre la colina de Montencinar (cerca de la Estación las Zorreras-Navalquejigo), los carpetanos levantaron un poblado, una fortificación y un túmulo (construcción funeraria). No muy lejos, los romanos dejaron en el apeadero de San Yago “aras” talladas con inscripciones que mencionaban a antiguas divinidades a las que pedían protección en el camino. En el montecito de San Ignacio, una atalaya árabe daba cuenta de los movimientos cristianos a las torres de vigía de Torrelodones y Hoyo de Manzanares. Y, en el centro de esas culturas y épocas, aparecía Navalquejigo, con la espadaña de su iglesia (románico de transición del siglo XIII), como punto de referencia.

          Tras la Reconquista de Madrid (Magerit), a finales del siglo XI, Alfonso VI creó,  debido a la escasa población de la zona, un “alfoz” (palabra árabe) de pequeñas aldeas y zonas rurales que dependían de las autoridades municipales de la villa, con límites geográficos poco definidos. Dichos lugares todavía hoy discurren próximos a la carretera que une el puerto de Cotos (Segovia) y el de Navacerrada (Madrid).

          Esos imprecisos límites provocaron conflictos entre Segovia y Madrid durante más de un siglo hasta que Alfonso X el Sabio puso fin a las disputas incorporando dichos lugares a la corona y asumiendo la plena jurisdicción del territorio hasta que se determinara a quien pertenecían los derechos de dominio. Desde entonces se llamó “El Real de Manzanares”, asociado a la cuenca alta del río Manzanares, a este amplio territorio que incluía poblaciones tan emblemáticas como Colmenar Viejo, Chozas de la Sierra, Manzanares el Real, Hoyo de Manzanares, Porquerizas (actualmente Miraflores de la Sierra), Navacerrada, San Agustín de Guadalix, Moralzarzal, Cerceda, el Bolao, Mataelpino…

          Se cree que ya en el siglo XI, siguiendo la senda marcada por la cañada segoviana, algunos segovianos encontraron en los prados de la zona de Navalquexigo un lugar  idóneo para formar un poblado, pero su existencia, como prueba consolidada, la encontramos por primera vez en tiempos de Sancho IV quien, en 1278, encargó a los obispos de Segovia y de Tuy que investigaran los territorios que su padre, el Rey Sabio, había patrimonializado. En la relación se señalaban: “Manzanares, Colmenar, Guadalix, Las Porquerizas, Torre de Lodones, Santa María de Galapagar, Navalquexigo, Monesterio, Collado de Villalba, la del Ferreno…”, enclaves de población que ya existían en 1250 cuando Alfonso X se apropió del Real de Manzanares.

          Navalquexigo perteneció, pues, en primer lugar al Real de Manzanares y más tarde sería territorio de señorío vinculado a la poderosa familia de los Mendoza. Desde sus orígenes, todo el término de la aldea, excepto las viviendas de los vecinos y los espacios cercados, eran territorios ganaderos de apropiación comunal sin el menor espacio privativo (cañada segoviana) y el camino que se dirigía a Segovia desde Toledo (carrera toledana) pasaba por su núcleo urbano. Una y otra formaban la base económica de sus pobladores.

          En la Edad Media, Navalquexigo era un núcleo humano compuesto por una docena de familias, distribuidas en torno a unas diez casas, con un mesón y una carnicería, ejes del comercio del lugar. La iglesia, bajo la advocación de la Exaltación de la Santa Cruz, tenía tres cuerpos: una capilla principal (probablemente de tres naves), un cuerpo central y una fachada a los pies, con un doble arco de medio punto, coronada con una sencilla espadaña en el centro del paño de la fachada. Un camino de guardia con matacanes nos recuerda que fue, como la de Alpedrete, la respuesta militar de los López de Mendoza a la Torre Fortaleza de El Campillo.

          El período de esplendor de Navalquexigo fue en el siglo XVI cuando, en 1564, Felipe II convirtió su iglesia en parroquia bajo el nombre de La Exaltación de la Santa Cruz, segregándola de Galapagar, junto a Torrelodones y Colmenarejo que también pertenecían a ese municipio. Ya a finales de dicho siglo, tenía 250 habitantes, pues recibió la población de la Fresneda y Monesterio después de ser adquiridos mediante compra por el monarca. Algunos de los terrenos de la aldea pasaron a ser propiedad de la Iglesia, como el Prado del Señor (que aún se conserva), mientras que todo lo demás eran tierras comunales dedicadas al pasto y a la agricultura, delimitado por la cerca real y con la prohibición de tener perros. A pocos pasos de la iglesia estaba la picota, donde se impartía justicia y no muy lejos un gran pilón.

          En el siglo XVII comenzó su declive, pero en 1748 ya tenía Ayuntamiento, cárcel, picota, horca, mesón y herrería. En sus grandes pajares se almacenaba piedra, carbón o trigo que se vendían al Monasterio de El Escorial y a Madrid. A mediados del siglo XIX, volvió a pertenecer a Galapagar, pero años después pasó al término de El Escorial. En los años 80, sólo había un vecino.

          Actualmente, Navalquejigo es un núcleo de pequeñas casas agrupadas en tres hitos: un gran pilón, la picota y el templo religioso. En realidad era un herrén, aunque muchas de la casas están en ruinas. Después del total abandono en 1933, un Movimiento Okupa, que se estableció allí en 1997, rehabilitó algunas de las casas.

          Navalquejigo es uno de los pocos pueblos de Madrid que se conserva como estaba en la Edad Media, cuando fue incluso más importante que El Escorial, pues pertenecía al Real de Manzanares. Cabe destacar su entorno natural y que desde la aldea se ve perfectamente la dehesa y el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Como valor añadido, es la zona en la que mejor se conserva la cerca de Felipe II que lo rodea y cuyo muro llegó a alcanzar una altura de hasta tres metros.

          Fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) y tanto la cerca, como la picota, la iglesia, el pilón o la base del antiguo Ayuntamiento están protegidos. Han terminado los diez años de “okupación” y en febrero del 2018 finalizaba el desalojo por haber sido comprado el poblado por Miguel-Ángel Olmos.

          ¿Se podrá recuperar la ordenación del núcleo primitivo tal y como lo exigen las normas subsidiarias de El Escorial?, ¿se rehabilitarán la iglesia y el tentadero?, ¿se estarán haciendo los estudios históricos que exige el planeamiento?, ¿se van a demoler las viviendas?

                                                           Amparo Ruiz Palazuelos

Publicado 16 julio, 2019 por Andrés Magaña García en Sin categoría

LA CERCA DE FELIPE II: LA PARED REAL PERIMETRAL DE PIEDRA SECA CON QUE FELIPE II CIRCUNVALÓ MONASTERIO Y GRANJILLA   Leave a comment

El paisaje de El Escorial, a pesar de las agresiones sufridas en los últimos tiempos, es el resultado de la ordenación y planificación que llevó a cabo Felipe II a lo largo de dos etapas de su vida, siendo la primera en 1565 y la segunda en 1594, pero en ambas su objetivo era convertir los espacios que rodeaban su Casa en un jardín natural.

        Era preciso que ese inmenso bosque quedase cerrado por un límite, por eso el rey diseñó, construyó y financió – durante muchos años – una pared que limitara los confines de su mundo. El resultado fue una gran pared de piedra seca (sin mortero o argamasa) que cerraba por completo la Herrería y la Fresneda, aunque las heredades del Campillo y Monesterio las dejó sin terminar de cerrar desde los linderos del pico de Abantos hasta pasar por la actual puerta de Cuelgamuros y encontrarse con la pared que deslinda en la actualidad San Lorenzo de Guadarrama. Todas estas heredades fueron entregadas por el monarca a sus capellanes jerónimos.

        La pared servía de límite y deslinde a las propiedades adquiridas por el rey para su Monasterio; era un elemento de defensa contra intrusos; protegía los pastos destinados a los bueyes que se utilizaban en la construcción del monasterio; guardaba y defendía la caza y sirvió de cinturón sanitario ante una infección de viruela. Durante el reinado de Felipe II se llegaron a construir 44 kilómetros de pared.

        Dicha pared de piedra seca tenía una altura de unos cinco pies y, sobre ella, se colocó una cobija (piedra puesta con la parte cóncava hacia abajo abrazando los lados), lo que le hizo alcanzar 1.668 metros de altura y 0.834 de anchura. Las tapias se realizaron a plomo y cordel “asentando en cada una de ellas ocho perpiaños (sillares o piedras que alcanza un muro o pared) con el mismo grosor de las paredes, cuatro de ellos sobre dos pies de alto y los otros cuatro sobre cuatro pies de alto, debiendo – en todos los casos – volar la cobija siempre por encima de la pared lo suficiente para proteger la piedra que le sirve de base”.

        Pasaron los años y el jardín natural creado por Felipe II se convirtió en un bosque real y más tarde en un cazadero reservado para el monarca y la corte. Estaba tan cuidado que servía para identificar su grandeza y esplendor con el poder del soberano que lo protegía y conservaba. Pero toda esa belleza y riqueza natural traía consigo un problema y era los daños que la caza causaba a las propiedades de los vecinos de El Escorial y de los lugares colindantes, lo que implicaba la obligatoriedad por parte del monarca de pagar los denominados “daños de caza”.

        Después de las mejoras que Felipe II realizó en la pared, hasta Fernando VI no se llevó a cabo ningún cambio y fue en su reinado cuando se comenzó a edificar una cerca sobre una existente tapia de piedra, de 4.316 metros, que ha llegado hasta nosotros como elemento de deslinde entre el Campillo y Monesterio.

        Más tarde, Carlos IV resolvió la cuestión de los daños de caza y entre 1788 y finales de 1891 procedió a actuar en dos direcciones: reparó los portillos y elevó la vieja pared filipina unos cincuenta centímetros – según lugares- y terminó de cerrar la ahora llamada “pared perimetral” en los espacios que se habían dejado sin concluir. La autoría de esta obra la encontramos en esta carta: “habiendo mandado el rey se construyan cercas a todo el Bosque de El Escorial bajo la dirección de su arquitecto Juan de Villanueva”, a quien correspondió fijar las “miras y señales” y controlar la ejecución de la obra.

        Por tanto, lo que conocemos como “Cerca Histórica” fue obra exclusivamente de Carlos IV y de ello da fe una inscripción que dice: Reinando Carlos IV año 1791 de gra+cia.

        Por decreto 52/2006 de 15 de junio fue declarada BIC (Bien de Interés Cultural) en la categoría de Territorio Histórico en el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, constituido por el ámbito delimitado por la Cerca Histórica de Felipe II. El Territorio Histórico es el comprendido dentro de la cerca, pero también la cerca misma como perímetro y por eso fue declarado BIC.

        El entorno de protección incluye una franja de 6 metros que discurre paralela y exteriormente a la cerca, pero que se amplía en ciertas zonas por razones paisajísticas y visuales. En la zona oeste: en Navalquejigo hasta la Cañada Real Segoviana. En la zona sur: en las Machotas y la Cruz Verde hasta el Pico de San Benito. En la falda de Abantos: hasta la cuerda que une las cimas de los montes situados detrás del Monasterio (esta parte no es BIC, pero tiene la misma protección que el Territorio Histórico).

        Los vestigios en piedra de un puente y de una puerta hallados recientemente por agentes forestales en el término de las Zorreras, pertenecen a uno de los tramos de la Cerca Histórica, reforzado por Juan de Villanueva a encomienda de Carlos III en la segunda mitad del siglo XVIII. El puente hallado se encontraba con sus ojos cegados y actuaba como pequeño embalse sobre el arroyo del Tercio y se asemeja a otro que hay sobre el río Aulencia.

         La puerta situada junto al casco urbano es la auténtica de las Zorreras, y se trata de una de las diez cancelas que configuraban el perímetro del importante vallado de piedra, cuyo trazado se ajusta hoy a la frontera de lindes entre los términos municipales de El Escorial y de San Lorenzo de El Escorial y discurre por fincas como la del Campillo.

                                                   Amparo Ruiz Palazuelos

Publicado 14 julio, 2019 por Andrés Magaña García en Sin categoría

EL PARAÍSO EN LA GRANJILLA DEL MONASTERIO DEL ESCORIAL   Leave a comment

Según el padre Sigüenza: “Todo árboles y frescura: unos son frutales, haciendo calles muy anchas, a lo menos olmos, sauces, moreras, perales y fresnos. Las lindes y divisiones donde se enredan rosales, ligustros, jazmines y otros arbustos olorosos y de apacible vista haciendo antepechos y paredes verdes de mil matices y colores”.

  Felipe II, siendo todavía príncipe y durante su feliz viaje por Europa, había descubierto el verdor y la opulencia en Borgoña y Flandes y le entusiasmaron las deliciosas y alegres casas señoriales de la rica y risueña Europa del Norte que tan bien reflejaba en sus cuadros Brueghel el Viejo. Los pinos tejados de pizarra y airosas torrecillas de los majestuosos palacios consistoriales de Bruselas y Lovaina, símbolos del poder de los burgos, permanecían en su retina cuando regresó a España.

En Valsaín, a orillas del río Eresma, en la ladera oeste de la sierra de Guadarrama y rodeado de un magnífico pinar, el monarca – en estrecha colaboración con el arquitecto Gaspar de Vega – erigió un palacio de clara influencia flamenca, siendo la primera vez que se ponían en España tejados agros cubiertos de pizarra. Los patios, torres y capiteles caracterizaban el edificio y los corredores y galerías servían para integrar la obra en el entorno circundante. En su jardín privado, situado al mediodía, instaló “fuentes de burlas”, con muchos caños para mojar al visitante desprevenido. En el año 1559 ya habían logrado que fuera habitable.

Decidido a llevar a cabo su magna obra del monasterio del Escorial, tuvo que transformar el entorno natural para generar un nuevo paisaje. Adquirió la Fresneda (1562-1563) para crear un lugar paradisíaco en el que pudieran descansar tanto la familia real como los jerónimos. Pedro de Hoyo, su secretario, compró – en nombre del rey – a sus propietarios las heredades integradas en la aldea, con sus edificaciones, su dehesa, su ejido (terreno comunal) y su iglesia; el núcleo humano sólo estaba compuesto por seis familias, por lo que la despoblación fue sencilla.

Había tres grandes casonas en las que se llevaron a cabo profundas transformaciones; una de ellas se la reservó el monarca como su residencia, la Casa de Su Majestad, que se empezó a levantar, sobre las cuatro paredes que se habían conservado, el mismo año en que se colocaba la primera piedra del monasterio (1563). La influencia flamenca era evidente a través de la intervención del maestro de obras, Gaspar de Vega, por los remates escalonados en los hastiales (parte superior triangular de la pared). Anexa a ella, estaba la Casa de las Trazas, gabinete de arquitectura en el que trabajaba Juan-Bautista de Toledo.

 La Casa de los Frailes se inició en 1566-1567, una vez terminada la del rey. Gaspar de Vega dispuso la construcción de la misma en forma de U, debiendo unir el eje principal las puertas de las dos casas, la del rey y la de los jerónimos. El punto central que daba sentido a las diferentes partes era el patio toscano y el paisaje natural que lo rodeaba.

 La antigua iglesia parroquial, conocida como la ermita de San Juan Bautista, fue demolida, conservando sólo el altar mayor y el ábside. Ella fue depositaria, en un principio, de los primeros cargamentos de libros cuyo destino sería la Real Biblioteca.

El Parque de la Fresneda y el terreno que lo rodeaba (2200 hectáreas) sería dedicado exclusivamente a actividades de carácter ganadero, pues en cualquier espacio visible, desde la casa del rey, no debía haber sembrados que “hacían mala vista”. El lugar donde habían crecido los cereales, la vid y el olivo se convirtió en un enorme prado. Al Parque se le llamó más tarde La Granja y finalmente La Granjilla de la Fresneda, pues dentro de las costumbres de los jerónimos estaba el obligado descanso de sus actividades religiosas dos veces al año (primavera y otoño), algo que ellos denominaban “ir de granjería” o “estar de granjería”.

En 1562, el padre Villacastín llegaba para hacerse cargo de las obras y fray Marcos de Cardona, jardinero de Carlos V en Yuste, vino para poner orden en las plantaciones de árboles y jardines antes de que se recibiera al primer prior del monasterio. Comenzó disponiendo las calles y plantando el primer jardín en el huerto más próximo a la casa del rey, que quería tener las plantaciones “para que cuando la casa estuviera alzada en perfección, las personas reales y los religiosos tuviesen donde recrearse honestamente”. Petri Janson, “el Holandés”, recorrió los terrenos para buscar el mejor sitio de los estanques, algo que inspeccionó después J.B. de Toledo. En agosto de 1563 se ponían las cubiertas de la casa del rey y era recibida la pizarra que Gaspar de Vega enviaba desde Valsaín.

En 1566, comenzaban las obras de los cuatro estanques y la red de canales que permitía, por una parte, regar la enorme plantación de árboles y, por otra, alimentar las numerosas fuentes con las que se adornaría el complejo. Los estanques proveerían a los monjes de pesca para su cocina y la familia real podría disfrutar de su navegación. También llevarían el agua a las casas.

Cada estanque tenía su barca, pero era de especial importancia la galera del estanque Grande, que estaba dotada de contramaestre y tripulación; disponía de un muelle con su embarcadero. Don Juan de Austria comentó una vez: “Es bastante barco para pasar el Golfo de León”. El de la Isla (segundo en tamaño y altura) disponía en el centro de una isla de forma cuadrada, de 30 metros de lado, comunicada por un puente; tenía en el centro un cenador cubierto y un precioso laberinto aéreo que conectaba dicho cenador con la pérgola perimetral. El tercero, el  de Neptuno, tenía en un lado una de las fuentes más importantes de la propiedad y también contaba con una pequeña isla en el centro, desde la que se podía disfrutar de numerosas especies de aves. El Pescadero cubierto era el cuarto en tamaño y el que se hallaba más cerca de la casa del rey; también adornado con una fuente y un cenador donde la familia real podía pescar carpas con las que el Holandés repobló los estanques, que cubrían las necesidades de los frailes sometidos a 150 días de vigilia al año… El Jardinillo de la Reina, al norte y frente a la fachada de la casa de los religiosos, albergaba una fuente en forma de cascada natural, que vertía sus aguas a una gruta y una preciosa pérgola invitaba a pasear a lo largo del jardín.

 La Granjilla, “naturaleza urbanizada” (según Cervera Vera), llegó a ser uno de los jardines paisajistas más bellos de Europa. Su zona natural con bosques llenos de gamuzas, ciervos, faisanes, cisnes, patos, francolines, los estanques, las esculturas, los templetes y su variedad de jardines y huertas junto a las edificaciones lograban reflejar a la perfección el pequeño paraíso que Felipe II había proyectado.

                                                                     Amparo Ruiz Palazuelos

Publicado 13 julio, 2019 por Andrés Magaña García en Sin categoría

LA CONSTRUCCIÓN DEL MONASTERIO DEL ESCORIAL   Leave a comment

          El monasterio que Felipe II había proyectado tenía unas grandes dimensiones, por lo que su construcción fue una empresa muy compleja, a pesar de que se llevó a cabo en un tiempo récord. Fue preciso contar con un verdadero ejército de trabajadores que, dispuestos en cuadrillas, eran comandados por maestros, aparejadores, maestros mayores y arquitectos. También los contadores y pagadores tuvieron un papel fundamental, ya que administraban el dinero y se encargaban de los pagos a los proveedores y laborantes. Los alguaciles y otros cargos velaban por la seguridad y el buen desarrollo de las actividades de la vida diaria.

          Sin embargo, la villa de El Escorial era insuficiente para albergar a unos dos mil individuos con sus respectivas familias, por eso muchos de ellos se instalaron en barracones al pie de la gran obra. A medida que pasaban los años no dejaron de reivindicar sus derechos y de llevar a cabo alguna huelga. Para asistir a los que sufrían accidentes laborales y otras enfermedades, el rey mandó construir el Hospital de Laborantes, que estuvo en plena actividad mientras duraron las obras.

          Cuando llegó el momento de que el arquitecto Juan de Herrera se hiciera cargo del proyecto, se vio en la necesidad de crear y emplear ciertos ingenios o máquinas (principalmente grúas) para acelerar el proceso. El transporte de los materiales se realizaba con carretas tiradas por numerosos bueyes, a los que había que alimentar y cuidar.

          Para el posterior mantenimiento del edificio se creó una institución, denominada “Obra y Fábrica”, con fondos procedentes de la casa del rey. Cualquier desperfecto o daño sufrido en la estructura – sobre todo en los tejados – por causas naturales o humanas, era reparado por los correspondientes especialistas: pizarreros, canteros, fontaneros, herreros…

          Las obras duraron en total 21 años y 4 meses. La primera piedra se puso el 23 de abril de 1563 y la última el 7 de septiembre de 1584. Durante el siglo XVII todavía se acometió una obra: la del panteón: sugerida por Felipe II e iniciada por Felipe III en 1617, no se finalizó hasta 1564, en tiempos de Felipe IV.

          De una forma espontánea surgió “el sitio del monasterio”, más conocido por todos como “el sitio”. Se trataba de un núcleo provisional de población, sin ningún tipo de regulación jurídica e impuesto por la necesidad de los trabajadores de estar a cobijo. Los laborantes tenían sus tajos de trabajo en las proximidades de la fábrica y, de esa forma, se solucionaba el problema del reducido espacio de la villa para acoger semejante avalancha.

          Surgía así, en torno a la obra, un verdadero campamento, no un pueblo, sin intención de permanencia ni ordenación urbanística debido fundamentalmente a su carácter provisional y a que el terreno pertenecía al monasterio. Las viviendas eran simples abrigos hechos con materiales de pésima calidad. También se levantaron, por cuenta de la fábrica, unos barracones indispensables para fines determinados, como “la casa de la traza”, en la que los aparejadores preparaban planos y destajos. Había también almacenes (como el de la madera) y fraguas.

          Cuando se generalizaron los grandes destajos, sus titulares – tanto de cantería como de carpintería – levantaron sus enormes talleres-almacenes en los cuales, tanto ellos como sus oficiales, se alojaban. Frente a la Compaña (actual Universidad María Cristina) surgió una verdadera barriada obrera para los peones.

          El centro de trabajo se encontraba en lo más próximo de las laderas del monte y bajaba casi hasta los mismos muros del monasterio que se estaba fabricando. La gran explanada (la Lonja) fue casi lo último que se hizo, después de destruir todas las edificaciones, chozas y establecimientos auxiliares que quedaron vacíos tras el licenciamiento de los obreros.

          Fue también derribada una capilla provisional (mandada construir por el monarca) en la parte norte de la Lonja, frente a la puerta de las cocinas del colegio, para la asistencia espiritual de todos los trabajadores, evitando así que tuvieran que bajar a la parroquia de San Bernabé, que se encontraba en la villa.

          Para cubrir las necesidades del abastecimiento se fue introduciendo poco a poco la práctica de las “posturas”, que aseguraban durante el año el abasto del vino y de la carne, así como el de otros géneros comestibles. En cuanto al pan, su suministro seguro y barato se garantizó con el gran pósito de la Congregación, autorizado por el rey y establecido con abundantes medios.

          Había un juez de fábrica con una misión concreta, pero aparte de él no existía autoridad delegada en el sitio; las dificultades que se presentaban eran resueltas por el prior y el veedor, cuyo prestigio y respeto se fueron ganando a lo largo de la construcción. A efectos de la jurisdicción civil y criminal, el sitio no era más que una parte del término de la villa de El Escorial y como tal estaba sujeta al alcalde mayor y al concejo de la misma. Los que vivían en el sitio eran simples moradores, carentes de derecho de vecindad (algo que ellos no solicitaban ni se les podía imponer). Al no tener derechos reconocidos, no podían participar de los beneficios de los servicios establecidos por el concejo, aunque sí se beneficiaron durante mucho tiempo de la dehesa boyal…

          Una vez terminadas las obras, se destruyó todo el campamento laboral y no quedó la menor huella. Sin embargo, quedaron junto al monasterio los criados seglares de la comunidad religiosa; se edificó para ellos la Compaña para que se alojaran y tuvieran sus talleres de trabajo. Se construyeron también dos Casas de Oficios para una serie de oficiales del monarca que cuidarían la fábrica y las propiedades reales. En la segunda Casa, se instaló la capilla definitiva que sustituía a la primitiva de la Lonja.

          En la época fundacional, y en las proximidades del monasterio, sólo se levantaron tres casas: la de los Doctores, que alojaba a los catedráticos seculares del Colegio; el Cuartelillo del Plantel, destinada para vivienda del guarda (que sirvió a Jácome de Trezzo para perfeccionar los mármoles del retablo de la Basílica) y la Cachicanía o Casa del Hortelano, ubicada en la huerta monasterial.

                                                                     Amparo Ruiz Palazuelos

Publicado 13 julio, 2019 por Andrés Magaña García en Sin categoría

LA UBICACIÓN DEL MONASTERIO DEL ESCORIAL   Leave a comment

El joven príncipe sólo tenía 28 años cuando se convirtió en el rey Felipe II y, aunque no estaba de acuerdo con todo lo que le había aconsejado su padre, el emperador Carlos V, asumió las Instrucciones que le había legado. Sin embargo, Felipe no era un monarca absolutista en el sentido de divinizar su persona ante los súbditos, pues pensaba que el gobernante no es el propietario sino el guardián de sus gobernados debido a lo cual debe aceptar responsabilidades económicas, políticas y sociales; muchas vidas dependen de un soberano y por eso su misión es casi sagrada.

          El nuevo monarca estaba suficientemente formado como para saber que su mayor fuerza interior estaba en su espíritu y que, a través de él, tenía un lazo permanente con la divinidad, por eso lo cuidaba, fortalecía y protegía. Tenía muy presentes las palabras de su padre: “Ante todas las cosas, habéis menester determinaros en dos cosas; la una y principal es tener siempre a Dios delante de vuestros ojos y ofrecerle todos los trabajos y cuidados que habéis de pasar y sacrificios y estar muy pronto a ellos; y lo otro, creer y ser sujeto a todo buen consejo”.

          Había llegado a su plenitud como persona y estaba preparado para afrontar su gran obra y cumplir la promesa que había hecho a Dios de construir un monasterio. Dicho proyecto – del que hizo partícipe a su padre – lo había madurado en su última etapa en los Países Bajos. Quería sobresalir sobre las edificaciones más grandiosas de Europa y, superado el gótico, se inclinaba por un sobrio clasicismo. Ya desde Gante (en 1559), dos meses antes de volver a España, designó como arquitecto a Juan-Bautista de Toledo, muy vinculado a Miguel-Ángel.

          En cuanto a su forma de ser, muy influenciado por su madre, la emperatriz Isabel, había aprendido a vencer la ira con calma, a detener las disputas manteniendo el silencio, a disipar las discordias con la suavidad de sus palabras y a avergonzarse de la descortesía, entendida como una actitud desconsiderada hacia los demás. Por eso, su sincera cortesía y constante buena voluntad le llevaban a un comportamiento adecuado tanto en el ámbito público como en el privado.

          Decidido a construir el monasterio, debía encontrar el lugar más idóneo y, aunque fray José de Sigüenza asegura que hubo un comité de hombres sabios que se dedicaron a inspeccionar varios lugares del Real de Manzanares e incluso Aranjuez, fue el propio rey quien señaló un lugar que conocía muy bien debido a los viajes que realizaba a Guisando y por la relación íntima que mantenía con Isabel Osorio de Cáceres, cuyo hermano (don Alonso) era uno de los propietarios de la Fresneda, una finca cercana que más tarde sería adquirida por el monarca. En realidad, lo único que hicieron los “hombres sabios” fue corroborar las óptimas condiciones del lugar elegido por Felipe II.

          El relato del padre Sigüenza es cierto en lo que se refiere a la consideración de dos lugares cercanos: la Fresneda y la Alberquilla, descartadas la primera por ser “muy enferma, a cuya causa se había despoblado”, y la segunda porque, a pesar de ser muy buen sitio, “faltóles el agua, sin la cual no se puede sustentar ninguna población”.

          El rey consideró que el sitio ideal para levantar su sueño sería junto a una fuente llamada de Blasco Sancho, que se hallaba a los pies de la subida al puerto de Malagón. Más tarde, envió a sus hombres de confianza y a tres monjes jerónimos para que confirmasen las buenas cualidades del lugar. Según nos cuenta fray Juan de San Jerónimo: “… hallaron una muy principal fuente que tenía dos mineros, que se llamaba la fuente de Blasco Sancho junto a un cerrito donde pasa el camino que va a San Juan de Malagón, ermita bien conocida de toda la tierra, y hallaron el puesto cual ellos buscaban con las condiciones y calidades necesarias para tan principal población por estar junto a la dehesa de la Herrería y cerca de la Fresneda, y con abundancia de aguas, pinares principales cercanos de Valsaín y pinares llanos, Quejigar y Navaluenga, y haber piedra para cal en el valle de la Herrería, y yeso cerca en los lugares vecinos, mucha arena en el sitio, y piedra berroqueña granimenuda, blanca y cárdena cual conviene para tal edificio y obra como se ha de comenzar”.

          No es extraño que por su profundo sentido del arte, de la naturaleza y de la religión el rey quisiera aposentar su fábrica perfecta en un lugar que cumpliera elevadas exigencias estéticas, espirituales y simbólicas. Así, el sitio por él elegido – a media altura, abrazado por el circo natural de la sierra y en el lugar que manaba una fuente muy apreciada por los nativos, en un entorno de naturaleza exuberante – era el escenario perfecto para hacer tangible la obra maravillosa que bullía en su cabeza, donde las formas geométricas puras se mimetizarían, diluyéndose, con los grandes peñascos de la montaña madre, simbolizando la unión entre lo divino y lo humano.

          Estando el General de la Orden de los Jerónimos de acuerdo, el rey escribió una carta (con fecha 14 de noviembre de 1561) encargándoles que para el día de San Andrés próximo, estuviesen en la villa de Guadarrama. De esa forma, el 30 de noviembre se reunieron en dicha villa, además del prior y vicario electos por el capítulo, el secretario de S.M. Pedro de Hoyo y el arquitecto Juan-Bautista de Toledo, el prior del monasterio de San Jerónimo de Madrid y algunos religiosos que los acompañaban. Llegaron al sitio destinado para ver si era el adecuado después de un huracán violento ante el que no se atemorizaron.

          La comisión dio su conformidad y el rey fue a Guisando a pasar la Semana Santa; entre sus acompañantes iba Juan-Bautista de Toledo, su arquitecto mayor, que llevaba en muy buen estado la formación del plano y traza del edificio. Al volver, el monarca se detuvo dos días en El Escorial, volviendo a reconocer detenidamente el lugar del emplazamiento y, ya en Madrid, no perdió tiempo en poner en marcha la formidable organización que supo crear para acometer la mayor empresa arquitectónica del siglo XVI. 

          Todo lo que ahora ocupa el monasterio era entonces un jaral tan espeso y enmarañado, que los pastores tenían hechos en él sus rediles para guarecer sus ganados en el invierno y sus abrevaderos y siestas para el verano. A la Semana Santa siguiente, el rey regresó al sitio con los mismos acompañantes y quiso que en su presencia se acordelase y estacase para señalar las líneas por donde debían abrirse los cimientos, operación que ejecutó el arquitecto con arreglo a su plano.

          Así, pasada la Navidad, el nuevo año de 1562 comenzó con el envío de los primeros dineros y la iniciación de las actividades, que en el mes de febrero recibieron la primera Instrucción laboral, con lo que Juan-Bautista dio comienzo a su proyecto.

                                                                     Amparo Ruiz Palazuelos

Publicado 13 julio, 2019 por Andrés Magaña García en Sin categoría

EL GUARDIÁN DE LA LONJA DEL MONASTERIO DEL ESCORIAL   Leave a comment

          Terminada la gran obra y una vez retirado el campamento laboral fue diseñada la Lonja, que era el espacio que rodeaba al Monasterio por sus fachadas norte y oeste. En un principio se pensó que los dos lados deberían ser iguales, pero más tarde se decidió que, para dar mayor realce a la fachada principal del edificio, el espacio del oeste sería de mayor anchura. El pavimento era de tierra y tan sólo las fajas de la retícula eran de granito (hasta mediados del siglo XX no se enlosaron las partes de tierra con granito).

          Según el padre Sigüenza, al final de la Lonja aún quedaba espacio por dónde se podía pasar; dicho espacio estaba delimitado a lo largo con “una muralla muy grande que sostenía el terraplén de la cuesta que allí hace la sierra” y a lo ancho con “otra muralla o paredón que detiene el Plantel”.      

          En realidad, la única zona propiamente urbana era la Lonja, pues debajo de la Casa de los Doctores (hoy Floridablanca) no había trazo de vía callejera. La parte que estaba detrás de las Casas de Oficios daba directamente al bosque acotado debido a lo cual se levantaron unas paredes tan altas y fuertes que parecían verdaderas murallas para cerrar (hacia el norte) los patios de dichas Casas y evitar la entrada de piezas de caza mayor.

          En cuanto a los habitantes, el núcleo de las Casas de Oficios era muy escaso y, aunque el de las personas que habitaban la Compaña era notablemente mayor, entre unos y otros no sumaban un gran número de pobladores. La Comunidad del Monasterio atendía sus principales necesidades y el prior les gobernaba.

          En la esquina noroeste del Monasterio había (y hay) una piedra cuya misión era resguardarla de los carruajes, de ahí que se la llamara “guardacantón”. Según la tradición, llegando Santa Teresa desde la villa de El Escorial a la Lonja, un caluroso día de verano, se apoyó en dicha piedra rogando a Dios algún alivio para su sofoco y cansancio y, al instante, un suave viento le acarició y reconfortó el rostro. Se cuenta que, desde entonces, nunca más faltó en ese lugar “la brisa de Santa Teresa”.

          Han pasado más de quinientos años y el verbo de Teresa de Ahumada está de plena actualidad. Ella fue nuestra primera gran escritora y – junto a San Juan de la Cruz – una figura cumbre de la mística en la España de la segunda mitad del siglo XVI.

En la biografía del padre Salesman se explica su nombre: la palabra griega teriso significa cultivadora (de virtudes) y la latina terao cazadora (de almas para llevarlas al cielo).

          Cuando, en 1566, Santa Teresa redactaba su “Camino de Perfección” jamás habría imaginado que Felipe II elegiría ese escrito suyo, junto con otros tres, para que figurase en un lugar destacado de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial. El autógrafo no es un bello códice miniado, como tampoco lo son los otros libros salidos de la mano de la Santa, sino un cuaderno lleno de tachaduras y enmiendas del censor.

          De forma muy personal, escribía con llaneza y a la carrera; cometía errores sintácticos y usaba el estilo de los ermitaños “sin novedades ni melindres”, pero su fresca y luminosa poética conversacional convertía sus escritos en una

delicia: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene… nada le falta”. Utilizaba prodigiosamente nuestra lengua y su obra es un modelo seguro en los caminos de la plegaria y la perfección.

          Escribió “El libro de su vida” por mandato de su confesor y en él se dirigía a sus hermanas y a todo aquel que se iniciara en la vida espiritual. Precursora de la autobiografía moderna, en el libro (“nacido de sus adentros”) manifestaba la búsqueda de una espiritualidad que pudiera satisfacer sus necesidades. Su temprano editor, el agustino de Salamanca Fray Luis de León, reconoció su buena formación doctrinal y su facilidad para expresar la necesidad de “abrir de par en par las puertas y las ventanas del interior del alma”.

          Ella pretendía retomar la auténtica esencia del Carmelo llevando a cabo una profunda reforma basada en la más estricta clausura y el silencio, toscos hábitos y sandalias (Carmelitas Descalzas) y Felipe II le concedió plenos poderes para fundar nuevos conventos, algo que llevó a cabo con una eficacia asombrosa y un valor sobrenatural. Teresa vio en el monarca prudente al hombre providencial cuya misión era defender a la Iglesia Católica. Siendo dos personalidades muy diferentes, se complementaban. Ella hizo la reforma del Carmelo desde la humildad, la penitencia y la pobreza y él puso su inmenso poder político, diplomático y militar al servicio de la reforma de la Iglesia según los decretos del Concilio de Trento.

          A pesar de que algunos autores, como Marañón o G. Parker, hablan de una audiencia (entre 1569 y 1577) en la que se llegaron a conocer personalmente, lo cierto es que el que sí tuvo la entrevista con el rey fue el carmelita Jerónimo Gracián, hijo y hermano de sus propios secretarios y uno de los varones más desconocidos del Siglo de Oro español. Sin embargo, dentro del extenso epistolario de Santa Teresa, se conservan las cartas que remitió a Felipe II en momentos cruciales para el futuro de su reforma, sobre todo en la década de los 70, cuando ella ya gozaba de protección de la realeza y nobleza femenina.

          Por sugerencia de su hermana la emperatriz María, el monarca decidió reclamar para la Real Biblioteca los autógrafos de Santa Teresa, publicados por Fray Luis de León en 1588. El rey, en 1592, pidió al obispo de Valladolid “El Libro de las Fundaciones” y “El Modo de revisar los Conventos”; al convento de San José de Ávila, “El Camino de Perfección” y a un agustino profesor de Salamanca “El Libro de la Vida”. A los cuatro manuscritos se les dio el carácter de reliquias.

          Santa Teresa encontró numerosos obstáculos para desplegar su obra reformadora y fundacional. El hecho de ser mujer, mística, escritora y de origen judeo-cristiano limitó sus posibilidades de expresión, gestión y acción, pero con su extraordinario talento natural sorteó las trabas que el contexto social le imponía y jamás dejó de escuchar la voz divina que alentaba su corazón y que le decía: “Espera un poco, hija, y verás grandes cosas”.

                                                                     Amparo Ruiz Palazuelos

Publicado 13 julio, 2019 por Andrés Magaña García en Sin categoría

ARTE Y MARAVILLA EN EL MONASTERIO DEL ESCORIAL   Leave a comment

          En 1584 Felipe II tenía 57 años, las obras del monasterio habían terminado y las labores decorativas iban a buen ritmo. Cuando falleció, en 1598, su magna obra estaba concluida casi por completo. La férrea voluntad del monarca y su habilidad para coordinar un magnífico equipo – encabezado por Juan-Bautista de Toledo y Juan de Herrera – habían sido el principal impulso para lograr alcanzar su sueño: unir el lenguaje artístico, arquitectónico y decorativo y convertir el monasterio en el principal centro de obras de arte del Renacimiento, utilizando la imagen artística como expresión de las relaciones entre el poder y la religión de la Europa de la Contrarreforma.

          El monasterio fue el primer monumento que se dibujó y grabó de forma programada y sistematizada, incluso antes que el propio Vaticano. La documentación la podemos ver recogida en la colección de grabados de Perret sobre los dibujos de Juan de Herrera. También fue el primero en contar con una interpretación artística, religiosa y cultural.

          En la memoria de Felipe II se había quedado grabada la entrada triunfal que, durante su Felicísimo Viaje, hizo en Bruselas en 1549: las calles de la ciudad estaban ricamente engalanadas y sus tías paternas – María de Hungría y Leonor de Francia (ambas viudas) – le recibieron en el Palacio Real y le condujeron hasta la habitación donde le esperaba el emperador Carlos V, su padre, al que hacía seis años que no veía. En Binche, su tía María organizó fiestas magníficas y llenas de fantasía y, en el transcurso de una de ellas, se había instalado la famosa “cámara encantada”, de cuyo techo pendían signos del zodiaco móviles y planetas personificados; repentinamente, tres mesas con abundantes y deliciosos manjares aparecieron en aquel paraíso y un perfume a modo de lluvia junto a caramelos en forma de granizo comenzaron a caer; había rocas hechas con vino y azúcar y todos quedaban fascinados ante aquellas maravillas…

          También el monasterio, a medida que pasaban los años, se iba convirtiendo en una especie de cámara de maravillas, por lo que se le llegó a denominar la Octava Maravilla del Mundo. Entre otros muchos tesoros, en su interior se hallaban lo que el padre Sigüenza llamaba “anatomías sagradas”, una colección de reliquias de santos (más de siete mil) que servían tanto para manifestar la acumulación de riqueza  como para proteger al edificio del mal.

          Debido al gran fervor de Felipe II por el canto y la música, los libros de canto tuvieron una gran importancia; existen unos 200 Cantorales miniados, escritos e ilustrados con las mejores miniaturas salidas de los talleres escurialenses. Para sus rezos privados e íntimos se rodeaba de obras de pequeño formato, flamencas e italianas, que eran ricos y preciosos Libros de Rezos.

          El rey quería convertir su monasterio en un verdadero Parnaso (morada de las musas y de Apolo y patria simbólica del arte) y para ello reunió a los mejores artistas de su época con el fin de que ornasen su colosal obra. Su anhelo más profundo era maravillar, es decir, producir excitación ante todo lo que los sentidos pueden percibir y despertar la necesidad de saber, conocer, explorar, experimentar, mirar, tocar, descubrir…

          Por otra parte, el instinto de coleccionar (tendencia a poseer objetos que va unida a la naturaleza humana y que se puede observar desde las civilizaciones más antiguas) estaba muy arraigado en su Dinastía y él lo supo potenciar al máximo.

          Entre los pintores, uno de los que más atraía a Felipe II era El Bosco (1450-1516), pintor flamenco en cuyos lienzos la Humanidad era la protagonista absoluta pues, habiendo incurrido en pecado, estaba condenada al infierno. Para salvarse de esa condenación eterna, el ser humano debía meditar acerca de las penas sufridas por los santos que él mostraba en sus tablas de Vidas de Santos así como en las de la Pasión de Cristo. Sus personajes eran expresados como sujetos comunes y vulnerables, algo caricaturescos, y provocaban la empatía del espectador, convirtiéndoles en cercanos y queridos. Cierto sarcasmo e imágenes oníricas y grotescas (debido a la cosmovisión medieval del artista) eran otras de sus peculiaridades. Destilaba una especie de moralismo satírico que se anticipaba al  Humanismo de la Edad Moderna.

          El rey compró muchas de sus obras, llegando a poseer nueve de ellas, entre las que se encontraban las más representativas: Mesa de los Siete Pecados Capitales (cuidado, cuidado, el Señor observa) y El Jardín de las Delicias (muerte, juicio, infierno y gloria), lienzo que acompañó al monarca hasta su último suspiro.

          Tiziano (1480-1576) nació en Italia, en un lugar de gloriosos paisajes e increíbles luminosidades que añoró a lo largo de su vida, pues pasó la mayor parte de sus años encerrado en estudios en los que inventaba una luz que no existía y que se fue tornando cada vez más tenue.

          También él se adelantó a su tiempo. Como retratista, descubría la personalidad del retratado y captaba su estado de ánimo con una perfección casi absoluta. Las manos estaban siempre visibles y los rasgos eran reales pero idealizados, como su hubieran sido captados por un golpe de intuición, amoldando los colores al personaje concreto. Dos de sus retratos más famosos fueron el de Francisco I de Francia y el de Carlos I de España, quien le concedió título nobiliario e imperial y le nombró pintor de la corte.

          Felipe II le conoció en Milán cuando era príncipe y sólo tenía 20 años, mientras que el pintor contaba con 60 y desde entonces mantuvieron una larga amistad y una fluida correspondencia. Cuando el rey se fue a Inglaterra para contraer matrimonio con María Tudor (1554), le encargó una serie de seis cuadros denominada Las Poesías (las Matamorfosis de Ovidio), llevándose con él La Lluvia Dorada y, más tarde, Venus y Adonis.

          Sin embargo, llegada su vejez, el pintor tardaba mucho en recibir los pagos prometidos y en su última carta, cuando tenía 99 años, demostraba estar desilusionado, afligido y angustiado por no haber recibido lo que se le debía. A pesar de ello, legó una gran obra que dejaba intuir el orgullo de un gran espíritu que – a pesar de no haber sido justamente recompensado – tuvo la posibilidad de expresarse y realizar obras en su madurez y vejez.

                    “Que los príncipes son humanos, nadie lo puede dudar,

                         pero la pintura debe hacer su divinidad brillar”.

                                                                     Amparo Ruiz Palazuelos

Publicado 13 julio, 2019 por Andrés Magaña García en Sin categoría

A %d blogueros les gusta esto: